Tanto en la obra de Jorge Varela como en la de Matthew Rohde hay un intenso diálogo con la materia. Ambos se comunican con ella de manera íntima y vigorosa para construir formas que dialogan con el tiempo y la finitud, no para desafiarlos ni evadirlos, sino al contrario, para sentir el vértigo pulsante de una acción letárgica.