Omar Gámez
Un año con trece lunas
Curaduría: Luis Vargas
Noviembre 2024 - enero 2025
Cada siete años llega un año de la luna. Aquellos cuyas vidas están dirigidas por sus emociones sufren depresiones aún más intensas en esos años. En menor medida, lo mismo puede decirse de los años que tienen trece lunas nuevas. Cuando un año de trece lunas nuevas es además un año de la luna pueden suceder inconcebibles tragedias personales. En el siglo XX a esta peligrosa constelación le corresponde ocurrir seis veces. Una de ellas es 1978.
Rainer Werner Fassbinder
En un periodo de tan solo cinco meses, Rainer Werner Fassbinder realizó Un año con trece lunas. Aunque probablemente se trata del más sincero y personal de sus filmes, pues además de la dirección escribió el guión, realizó la fotografía, la dirección de arte, la edición y la producción, el argumento no se refiere inmediatamente a sí mismo ni al reciente suicidio de su amante Armin Meier, el cual, se dice, lo orilló a comenzar la creación. La película es, en cambio, una obra expiatoria. Se trata de la transformación de un duelo individual en la representación de la historia y dolor de otra persona. Elvira es una mujer transgénero en la Alemania Federal de 1978. Para cumplir la demanda de un amor, que de todos modos terminó por abandonarla, se sometió a una operación de reasignación de sexo. En pantalla atestiguamos sus últimos cinco días de vida, un descenso funesto y visualmente poderoso en el que se superponen memorias y transita a una infructuosa reconciliación con su pasado. Elvira encarna la fractura emocional de la supersticiosa premisa que da título a la película.
Expiar implica transmutar: un desdoblamiento del yo; una sublimación con potencial sanador y creativo. Pensar los fotogramas de Omar Gámez como materialización de la expiación nos arroja al índice radical, a una expansión del género retratístico y a la superación del carácter reproducible de la fotografía, pues se trata de piezas únicas. Gámez logra crear autorretratos y retratos sin usar su cámara ni a los sujetos. En su lugar, las imágenes se producen a través de colocar objetos personales sobre superficies fotosensibles y exponerlos a la luz. Son una transformación de la identidad por contacto, ecos del retrato que trascienden la representación en los términos de Fassbinder. A diferencia de la expiación cristiana, que supuestamente limpia y borra, la expiación de un fotograma siempre hace evidente el origen. No borra, transforma. Es huella y memoria en negativo de algo que ya no es.
Gámez trabaja con fotogramas desde sus inicios artísticos en los años noventa, cuando aprendió la mítica técnica de la vanguardia fotográfica moderna en Casa de Lago, en un taller impartido por Lázaro Blanco. Gámez mismo suele enseñar esta técnica a sus estudiantes. Hay algo mágico en ese aparecer de imágenes por contacto, con superficies negras, formas abstractas y poca profundidad. Sin embargo, fue hasta 2024 que se planteó seriamente los fotogramas como espacios de expiación de memorias propias y ajenas. El proyecto comenzó como un homenaje a la técnica misma en su centenario, a Moholy-Nagy y su genio creador. La experimentación lo llevó a concebirlos como espacios transformativos y autorreflexivos: meditaciones sobre la ontología fotográfica, muriendo y renaciendo infinidad de veces. Los fotogramas son objetos desdoblados, imágenes irrepetibles que producen contradicciones: la anulación de la inmaterialidad digital a través de la corporalidad del hardware; o el aura de pieza única que pone en entredicho la supuesta naturaleza reproducible de la copia fotográfica. Los fotogramas se convirtieron para Gámez en cavilaciones sobre la práctica artística, la obsolescencia tecnológica, la muerte, el paso del tiempo, las memorias afectivas y las huellas materiales de las ausencias.
Un año con trece lunas, la serie que da título a la exposición, se conforma de trece negativos obtenidos por el contacto de la primera estación AirPort Extreme de Apple que Gámez adquirió en los tempranos años 2000, cuando su trabajo tuvo un viraje decisivo a lo digital. Testigo de esa transición y abandono de lo análogo, la circunferencia de la estación de WiFi y una pinza o palomilla del cuarto de revelado crean el artificio y hacen aparecer las lunas nuevas de Fassbinder. La oposición tecnológica se profundiza cuando estas lunas blancas se tornan negras gracias al positivado por contacto dentro del cuarto oscuro. La serie Constelación, por su lado, insiste en la reflexión medial y en la memoria del quehacer de Gámez. Esta vez son los cables de dispositivos, acumulados a lo largo de treinta años, los que configuran las caprichosas formas celestes del grupo de cuarenta positivos y cuarenta negativos.
Los afectos y las huellas de otras personas son apropiadas y transformadas por Gámez en los fotogramas dedicados a Vycktorya Letal y Omar Feliciano, activistas, djs, performers y fundadorxs de la legendaria House of Apocalipstick, con quienes trabó una amistad, marcada por las noches de ballroom y la libertad sexodisidente de la Ciudad de México de los 2000.
Como en otros proyectos, los objetos funcionan para Gámez como sustitutos de las personas cercanas, como si se tratara de retratos subrogados. Un corazón de metal aparece desplegado en una secuencia de seis fotogramas dedicados a Letal. Colocado en distintas posiciones sobre el papel fotográfico, el corazón irradia luminosidad, parece incendiarse, capturando el sutil movimiento que Gámez ha logrado con la exposición de la luz. Dicho movimiento evoca a su vez las pasarelas del ballroom, el corazón metálico balanceándose alrededor del cuello de Vycktorya mientras en cuclillas voguea sin parar.
Los de Feliciano provienen de fotogramas a color engrandecidos; son un tributo amoroso a su amigo fallecido en 2020. Varias pipas de vidrio se superponen e inundan el espacio compositivo. Los colores chillantes y traslúcidos recuerdan la irreverencia y humor de Franka Polari, el alter ego con que Feliciano se presentaba en escena: “Sueños inmorales, visiones torcidas y visitas lúbricas de Doña Franka Polari, sentatriz de vodevil e inventada de ocasión, a la capital global de cierta república mirreynal”. Las pipas para fumar cristal (metanfetamina) son también testigos de la fiesta del chemsex o party and play (PnP), la cada vez más común combinación de drogas y prácticas sexuales de riesgo.
El año de las trece lunas reinicia su ciclo; la ausencia se transforma esta vez en el pacto de la música y los afectos. Los acordes de música de Madonna y FKA Twigs se filtran desde una consola convertidos en technicolor. Franka y Vycktorya, novias de Saddam y dúo pionero del voguing mexa, vuelven a bailar juntxs. Están ahí, al otro lado de la puerta, al fondo de la escalera. Son sonidos, luces, objetos, fotogramas y también son otrxs: memorias propias, ajenas, apropiadas, expiadas y transformadas.
Luis Vargas Santiago
Ciudad de México, noviembre de 2024