Renata Cassiano

Yo soy el río

Jardín de las Esculturas, Xalapa, Veracruz
16 de marzo - junio 2024

En el principio fue el tacto. Moldear con las manos el barro, apartarlo hasta secar. Acaso lijarlo antes de hornear: dejar pasar el calor y esperar su cocción. Sacar las piezas, pigmentar, esmaltar y volver a quemar. La artista Renata Cassiano interrumpe la linealidad clásica de la producción cerámica para reencantarla. 


Tal acontecimiento parte de un interés en los objetos desde una escópica arqueológica: las piezas son tanto sobrevivientes como testigos del paso de una temporalidad en la que círculos se abren y se cierran constantemente. “El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego”, escribió Jorge Luis Borges en Nueva refutación del tiempo (1952), un texto importante, pues acompaña el proceso de reorganización de la técnica en esta exposición. 


Para Cassiano los cuerpos cerámicos tienen una relación estrecha no sólo con la arqueología y el tiempo circular, sino con el lenguaje. “La forma en que nombramos a un cuerpo lo afecta”, dice. Para ella la tierra—el barro—ha fungido como el verbo que se adjetiva con el esmalte. En su exploración, interrumpe el ciclo para sobreponer un círculo en el que el esmalte se vuelve verbo: la matriz de la pieza. Para ello utiliza moldes que llena directamente con esmalte. Una vez cocido, su consistencia es de piedra: materialidad que la ha llevado a echar mano de herramientas escultóricas a partir de las cuales establece una conversación y colaboración lúdica de la cual resulta la forma.

El esmalte como verbo es tierra y vidrio a la vez. Lo uno y lo otro, sin dialéctica. “El tiempo es como un círculo que girara infinitamente: el arco que desciende es el pasado, el que asciende es el porvenir; arriba, hay un punto indivisible que toca la tangente y es el ahora”, continúa Borges. En la pieza vemos el tiempo del esmalte y la quema, del vidrio y la forma, todo sucediendo en este ahora que nos convoca.


Un aquí del encuentro, del deambular entre los bloques de materia que fungen como monolitos, umbrales, prosopopeyas, altares y también como espacios para habitar, empezando por ser casa de sí mismos: de su propia materialidad. En ellos encontramos tres motivos que se repiten. Primero, el marcador del juego de pelota —actividad que se practica por los pueblos precolombinos desde el 1400 a.C., un toroide que deja pasar y que, como el fuego en Borges, dinamiza el movimiento constante—. Luego el ojo, membrana perceptiva que pendula incesante entre lo uno y lo múltiple. Finalmente, el cuchillo, filo que corta el tiempo para que el siguiente círculo se superponga antes de que sucumbamos de nuevo a la idea de sucesión lineal. 


—Sandra Sánchez

Suscríbete a nuestro

newsletter